Es rara la semana que en las crónicas
internacionales no aparece alguna noticia relacionada con Corea del Norte y sus
conflictivas relaciones con Corea del Sur, Japón y EE.UU. Hace unas semanas,
sin ir más lejos, la comunidad internacional recibió no sin cierto alivio el
acuerdo alcanzado entre Corea del Norte y EE.UU por el cual el país asiático
renunciaba a su programa nuclear a cambio de alimentos. El 17 de diciembre
pasado otra noticia acaparaba todos los titulares la muerte del Kim-Jong-Il, sucesor de su padre Kim-Il-Sum y que a la vez
deja la presidencia de la primera dinastía comunista del mundo a su vástago Kim Jong-Un.
Pero dentro del contenido de esta noticia lo que más dejó perplejo a la
opinión mundial no fue la muerte del “amado líder” (así se intitulaba el
personaje ante su pueblo), sino las reacciones que su pueblo mostraba ante las
cámaras; caras desencajadas por el dolor, llantos, desmayos y lamentos por la
pérdida del líder debido a la sobrecarga de trabajo, siempre según la
propaganda oficial. Y es que sin propaganda no se pueden entender estas exageradas reacciones de la población (con
más o menos “presiones”) en esa sociedad delirante, rémora de la Guerra Fría,
cuestión que aparece muy bien reflejada en Pyongyang
cómic o novela gráfica del dibujante canadiense Guy Delisle. Editada por
Astiberri el título de la obra es el nombre de la capital de Corea del Norte,
lugar en el que desarrolla casi toda la historia basada en la propia
experiencia del autor durante su estancia en el país al cual viajó para enseñar
nociones de dibujo de cómic a artistas locales. Desde el primer momento, y
siempre con una finísima ironía el autor refleja una sociedad opresiva donde el
partido y el líder lo son todo, donde la mentira y el disparate más grotesco se
convierten en dogmas irrefutables por decreto gubernamental, donde la paranoia
por la supuesta amenaza norteamericana es una auténtica psicosis colectiva
inducida, donde toda la población participa de manera continuada en una
gigantesca obra de teatro que llega a niveles ridículos, incluso cómicos. Por ejemplo, en la secuencia
en la que se lleva a los visitantes al “Museo de las amistades”, auténtico
homenaje a la megalomanía del gran líder y padre de la revolución y donde se
guardan los regalos recibidos por el mandatario; hay un momento en la misma en
el que al hacer la reverencia a la estatua del líder el protagonista se tiene
que aguantar la risa; o como la población es arengada continuamente con
canciones y consignas patrias que todos repiten como un mantra con no se sabe
ya si sincera emoción y fervor, o simplemente porque han sido convertidos en
unos autómatas. La cuestión no dejaría de tener sorna si no fuera porque el
tema tratado el cómic no tiene nada de invención; en una viñeta se reproduce un
discurso dado por el recientemente fallecido Kim-Jon-Il en 1996 el que asegura
que “para reconstruir una sociedad victoriosa solo sería necesario que
sobreviviera el 30% de la población”. Si a eso le añadimos la existencia
(negada por las autoridades norcoreanas) de campos de concentración en el país
donde los considerados enemigos son “reeducados” junto con sus familias,
teniendo que penar durante varias generaciones, o las severas hambrunas
padecidas por la población en un país totalmente cerrado al exterior y que se
gasta una buena parte de su presupuesto en gastos militares (según los expertos
entre el 25% y 33% del total) los datos tienen menos gracia aún. Pyongyang también transmite un
mensaje de cómo el régimen ha deshumanizado a la población, a base del continuo
bombardeo de propaganda y un rígido control de los medios de comunicación y la
educación, donde el individuo no existe y cualquier mínimo gesto que se salga
del mensaje dominante puede pagarse muy
caro. Toda la obra está realizada en diversos tonos grises para expresar eso,
una sociedad gris y totalmente anestesiada. Para ello Guy Delisle utiliza el
recurso alternar entre las viñetas imágenes de colosales obras propagandísticas
como el gigantesco hotel piramidal de la capital, icono del país, y que no es
más que la carcasa, puro efecto visual. También se reproducen carteles de
propaganda oficial al más puro estilo estalinista así como numerosas viñetas
mudas de paisajes urbanos con las colosales autovías y avenidas vacías y que
muestran una sensación de estar en un mundo imaginario y abandonado.
En definitiva una magnífica aportación del
dibujante canadiense que utiliza el llamado “noveno arte” para aproximarse a
ese régimen que parece sacado de la famosa obra de G.Orwell 1984, pero que en este caso tiene
muy poco de ficción. Por cierto, otra recomendación también de Guy Delisle es Cronicas birmanas (Astiberri),
que podríamos considerar una segunda parte de su periplo por Asia y que nos
cuenta las costumbres y la realidad de este país de Indochina que sufre una
brutal dictadura militar desde 1964 y que también daría mucho que hablar.




