LA
SINIESTRA PROPAGANDA GOEBBELIANA. PRIMERA PARTE.
Una
de las preguntas y dudas más recurrentes cuando se trata sobre el
nazismo es como semejante ideología pudo llegar al poder por medio
del juego parlamentario y en los años siguientes, y que a pesar de
mostrar una brutalidad implacable cada vez más a cara descubierta,
seguir cosechando apoyos entusiastas y en no pocas ocasiones febriles
por una parte muy importante de la población alemana. Los
condicionantes para el triunfo de Hitler son varios y complejos
(difícil coyuntura económica, la herida abierta de la Gran Guerra,
revanchismo por el Tratado de Versalles, etc.), pero sin duda uno de
los factores que catapultó al poder fue el uso de la propaganda,
dirigida por el encargado de la misma y posterior ministro Joseph
Goebbels. Se trataba de uno de esos individuos que combinaba una
extrema inteligencia y preparación académica con el más absoluto
cinismo y fría maldad. Fanático lacayo de Hitler, su siniestro
legado fue el lavado de cerebro masivo de la población que
conduciría al desastre. Estableció una serie de once principios
básicos de actuación que no por sencillos dejan de ser
inquietantemente efectivos en la psiqué de las masas incluso hoy en
día. Principios que hábilmente combinados con los entonces
novedosos medios de comunicación de masas como la radio, el cine,
además del uso masivo de cartelería en pueblos, ciudades y
principales vías de comunicación, no hace falta decir que lograron
en buena parte que su mensaje calara hondo. Un mensaje claustrofóbico
y repetitivo hasta la náusea destinado a sembrar el odio y la
obediencia ciega al nazismo y a Hitler, y que como ingrediente
decisivo tendrá también el más absoluto adoctrinamiento en todas
las capas de la sociedad; desde el “kindergarden” hasta la
tercera edad, pasando por la Universidad, cuyos aquelarres de quema
de libros ocupan un puesto destacado en los anaqueles de la vergüenza
y la infamia. Si a ello añadimos el aplastamiento de cualquier
disidencia y el fomento de la delación el resultado, tal y como
quedó demostrado, es demoledor; una población entre sumisa y
fanatizada con otra buena parte de ella aterrorizada. Hay que
destacar también excepciones de valientes como los hermanos Scholl
(de la asociación estudiantil clandestina Rosa Blanca) o August
Landmesser, el
trabajador que se se negó a levantar el brazo en la botadura de un
barco de la marina alemana en Hamburgo se
negaron a ser arrastrados por la marea.
A propósito de esta cuestión cabe mencionar el
libro de Joachim Fest “Yo no”, en el que el historiador alemán
narra la odisea que su propio padre (un modesto profesor) que tuvo
que vivir durante el nazismo al negarse a acatar su locura. Pero
volviendo al principio...¿Cómo es posible que en un tiempo
relativamente corto se pudiera “”nazificar” a una sociedad
como la alemana?. Estamos hablando de un país industrializado, con
una población mayoritariamente culta y con un impresionante bagaje
académico en campos como la ciencia, la filosofía, la literatura,
la música o la historia. Es aquí, donde sorprendentemente el
nazismo, y con gran habilidad en cuanto a la propaganda supo sembrar
las flores del mal que llevarían a la perdición.

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