La primera
vez que tuve contacto con ellos fue visitando el Museo de Arte Romano de Mérida
hace tres veranos con mis amigos. Estaban en un fabuloso mosaico del siglo IV
d.C (4,95 m de altura y 5,65 m) de anchura encastrado en la
pared de donde se les homenajeaba, grandioso a pesar de dar muestras de
deterioro por el paso de los siglos. Ambos sostenían en cada una de sus manos
un objeto; una palma (símbolo de la victoria) y una fusta.
La siguiente ocasión que me los encontré fue
leyendo Historia de España para escépticos, de Juan Eslava Galán,
en la que ya me interesé por los personajes y sus vidas. Estoy hablando de los
aurigas romanos Marcianus y Paulus. No obstante me gustaría hablar
del primero y de uno de sus caballos; Iluminator, cuyo nombre aparece también
en el mosaico, pero antes habría que hacer una pequeña introducción de lo que
eran las carreras de cuadrigas en la antigua Roma y lo que suponían en aquella
sociedad de la que por cierto somos herederos. Las carreras de cuadrigas se
celebraban en recintos llamados circos (la gente los suele confundir con los
anfiteatros, donde se celebraban los combates de gladiadores). Estos eran de
forma alargada con una extremo oblonga y otro rectilíneo, lugar en el que se
solían localizar las caballerizas. En el centro estaba dispuesta una
construcción llamada spina normalmente decorada con estatuas de dioses,
obeliscos y fuentes, tal y como se puede apreciar en la famosísima película
Ben-Hur (1959). La arena en la que se realizaban las carreras estaba rodeada
por unas gradas en las que podían caber hasta 50.000 personas, cifra que nada
tiene que envidiar a nuestros actuales recintos deportivos. El más famoso de
ellos era el circo Máximo de Roma, en la actual plaza Navona de la capital
italiana, aunque en España (Hispania en la época) también había algunos como en
la propia Mérida, Tarragona o Toledo. En cuanto a las carreras podían ser de
dos modalidades; de bigas (dos caballos) o de cuadrigas (cuatro caballos); en
este caso el papel del caballo del lado izquierdo era clave, ya que era el guía
del los otros tres equinos de la cuadriga y responsable de tomar las curvas sin
perder velocidad y sin abrirse tanto como para perder ventaja o cerrarse tanto
como para desestabilizar al carruaje o golpearse contra la spina. Fue en esta
labor en la que el caballo Iluminator, perteneciente la cuadriga
de Marcianus alcanzó, por su capacidad de liderazgo sobre sus compañeros y
por ser artífice de las victorias de su auriga, el honor de pasar del anonimato
a la inmortalidad en el espectacular mosaico que estamos comentando.
Otro gran
auriga que llegó a alcanzar gran fama en todo el imperio fue el también
hispano Cayo Apuleyo Diocles (siglo II d.C), que comenzó sus hazañas en el
circo de Mérida, para luego actuar en el Circo Máximo de Roma. Allí se retiró
rico y famoso a los 42 años, después de haber ganado la impresionante cifra de
¡1 462 carreras!. En este caso tenemos un auténtico campeón de campeones de la
Antigüedad, que comparando en términos contemporáneos nada tendría que envidiar
a Fernando Alonso, Michael Schumacher
o el mismísimo Aryton Senna. La comparación puede parecer en principio un poco
extraña, pero hay muchas más similitudes de las que pensamos; por ejemplo las
cuadrigas estaban patrocinadas por una poderosos patricios cuyo nombre podía
apreciarse inscrito en el carro. También eran normales las apuestas en las que
particulares se jugaban importantes cantidades de dinero. Los accidentes
también eran frecuentes, para cuya prevención los aurigas llevaban en su
cinturón un puñal para cortar las riendas en caso de peligro inminente.; como
botón de muestra de la peligrosidad de las carreras, y a pesar de ser una
representación baste mencionar que en el rodaje de Ben-Hur, en la escena de
cuadrigas, hay un momento que cae un auriga del carro y muere. Pues bien, ese
actor murió de verdad, puesto que al caer se metió debajo de las ruedas del
carro y fue atropellado. Los carros ostentaban colores diferentes que los
hacían fácilmente identificables por sus seguidores: rojo, blanco, verde o azul
eran los más frecuentes, despertando auténtico fervor entre la multitud
enloquecida.
Con la decadencia del Imperio este tipo de
espectáculos desapareciendo, en parte por la penuria económica y social y
también porque la nueva religión cristiana predominante los consideraba
paganizantes, si bien hay que decir que siguieron existiendo en el Imperio
Bizantino heredero de la Antigua Roma, con una importancia bastante
significativa y levantando pasiones entre las masas. En ocasiones estas
pasiones no eran otra cosa que el reflejo de las tensiones sociales de aquella
sociedad, llegando a producir altercados gravísimos. Por ejemplo, en la propia
capital del Imperio, Constantinopla, en el 532 d.C se producen gravísimo
incidentes a causa de la subida de impuestos; los seguidores de las facciones
verdes y los de la azul se une en contra de las autoridades ocasionando un
sangrienta revuelta que a punto estuvo de costarle el trono al emperador
Justiniano y causando enormes saqueos y destrucciones en la ciudad, pero
eso ya es otra historia…
En definitiva las carreras de cuadrigas romanas no son más que una muestra más de cómo el caballo ha sido compañero del hombre a lo largo de los tiempos, compartiendo con él sus triunfos y sus derrotas, sus grandezas y sus miserias, y cuyo papel, como es lógico ha ido evolucionando de manera distinta según la civilización a la que pertenecieron. Conocer su papel en cada momento no es ni más ni menos que una aportación interesante para conocer la cultura, creencias, mentalidad y economía del devenir humanos a través de los tiempos.







