Para el gran público occidental, cuando se habla de los crímenes y atrocidades
cometidos en la Segunda Guerra Mundial, indefectiblemente viene a la mente el
Holocausto especialmente, o las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki,
estas en menor medida. No obstante, hubo también otros escenarios donde se
realizaron las más abominables aberraciones contra el ser humano y su dignidad,
tales como Croacia, bajo el régimen filonazi ustacha, o las violaciones sistemáticas
del Ejército Rojo soviético en su avance hacia Berlín. Pero las atrocidades
cometidas por el Japón imperial en Asia y el Pacífico han llegado a nosotros de
manera mucho más difuminada, bien por el eurocentrismo casi siempre presente a
la hora de interpretar y analizar la Historia, o bien por las barreras culturales con el
Lejano Oriente. Una vez que se profundiza en la cuestión, se puede ver que la
brutalidad y terror que sembró en ejercito nipón en Asia y el Pacífico, no estuvieron
muy lejos de los crímenes perpetrados por la Alemania nazi en Europa. No
obstante, algunos autores señalan unos 10 millones de muertos.
La raíz de la política imperialista y militarista de Japón, hay que buscarla en la
Revolución Meiji (1868), un giro de 180o en la política japonesa que hace que el país
pase de ser un Estado feudal a una potencia industrial de primer orden en unas
pocas décadas. A partir de esta industrialización, Japón se embarca en la expansión
imperialista por Asia, motivada por la necesidad de mercados y materias primas, así
como por un nacionalismo cada vez más fanático abonado por siglos de aislamiento
y resentimiento hacia todo lo extranjero, especialmente lo occidental. El primer
conflicto fue con la cercana y siempre rival China, a la que derrota en la guerra de
1894-1895, obteniendo como botín Taiwan y las islas de los Pescadores. En
1904-1905, Japón se enfrenta con Rusia, derrotándola y obteniendo Pot Arthur, la
mitad de Sajalín y la decisiva influencia sobre Corea y Manchuria. Japón también
participa en la Primera Guerra Mundial (esta vez con los aliados), ocupando las
posesiones alemanas en el Pacífico e incrementando su presión e influencia sobre
China. Con la llegada de los años 30 y el impacto de la Gran Depresión, un Ejército
japonés cada vez más fanatizado rige los destinos del país. Se combina aquí el
cóctel del nacionalismo intransigente basado en valores tradicionales como el
bushido y una concepción mística de servicio hasta la muerte al emperador (el Hijo
del Cielo), a lo que hay que añadir los vientos de guerra en todo el mundo azuzados
por la Gran Depresión y los totalitarismos. En 1931 Japón invade Manchuria,
estableciendo el Estado títere de Manchukuo. En 1937 tras el incidente del puente
de Marco Polo Japón invade China. Había comenzado la Segunda Guerra Mundial
en Asia, y los horrores antes mencionados no tardarían en llegar, siendo tristemente
célebre la masacre de Nanking, en la que el fueron masacrados casi 300.000 civiles
de las formas más brutales (a golpe de bayoneta, enterrados vivos...), además de
las cerca de 80.000 violaciones de mujeres. Al respecto, fue muy polémica la
película Ciudad de vida y muerte, obra maestra estrenada en 2009 que recuerda a
La lista de Schindler y que desató una fuerte controversia en China. Pero Nanking
no fue ni mucho menos la única masacre contra la población civil, y no solo en
China. Conforme iban avanzando las conquistas, los tristes episodios de crímenes
contra la población civil fueron incrementándose. Fueron famosas las masacres de
Manila o Singapur, con más de 100.000 asesinados en cada una de ellas, por no
hablar de la esclavitud sexual de cientos de miles de mujeres, chinas, coreanas y
filipinas, entre otras nacionalidades. Eran las llamadas “mujeres de confort”,
secuestradas, violadas y vejadas por los soldados japoneses. El 80% eran niñas y
adolescentes menores de 17 años, tal y como señala Marta Moreno Vargas,
profesora de Historia Moderna y Contemporánea de la UCM. Sería prolijo aquí
detallar todos estos siniestros episodios de la infamia humana, pero no se puede
obviar por su salvajismo y crueldad extrema las prácticas del Escuadrón 731 en sus
instalaciones de Harbin (China), llegando al terror más absoluto y surrealista. Al
mando del infame Shiro Ishii se realizaron los más abyectos experimentos con seres
humanos en pos de la búsqueda de armas químicas y bacteriológicas con las que
ganar la guerra, tales como congelaciones, vivisecciones, inyecciones de veneno,
inoculación de la peste bubónica y un largo capítulo de prácticas horrorosas. La
película de 1988 Los hombres detrás del sol, y su secuela de 1992 Los hombres
detrás del sol 2. El laboratorio del diablo, dan buena cuenta de las atrocidades
perpetradas por el Escuadrón 731, aunque es preciso advertir de lo duro y
desagradable que puede ser su visualización.
Tras la Segunda Guerra Mundial se celebran los juicios de Tokio, en los que se
condena a muerte por crímenes de guerra al Primer Ministro japonés Hideki Tojo y
sus hombres más cercanos. No obstante, otros como el mencionado Hiro Ishii son
indultados a cambio revelar información a EE.UU sobre los resultados de sus
abyectos experimentos. Acababa de empezar la Guerra Fría y la justicia universal
pesó menos que la “razón de Estado”. Para profundizar en este tema es más que
recomendable la obra El holocausto asiático. Los crímenes de Japón en la Segunda
Guerra Mundial (2009), de Laurence Rees, uno de los pocos referentes europeos
que ha indagado en esta siniestra parte de la Historia.
Fotograma de Ciudad de vida muerte.2008.
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